Los cuadernos de Enriqueta Muñiz revelan a la coautora de "Operación Masacre"

26 de Junio de 2020 |

Las cuarentenas de esta primera mitad de 2020 han impedido que una obra de  calidad inusual, que lleva la firma póstuma de Enriqueta Muñiz, llegue a las lectoras y lectores que merece, tanto en  nuestro país como en el mundo de habla hispana. 

“Historia de una investigación” (Planeta, Buenos Aires, 2019), es básicamente la reproducción facsimilar de los dos cuadernos en donde una joven periodista y escritora española radicada en la Argentina fue consignando paso a paso, entre 1956 y 1957, la investigación que desembocaría, ya con la firma y la pluma de Rodolfo Walsh, en un libro fundamental: “Operación Masacre”.

Además de los cuadernos, reproducidos en color y tamaño real, el volumen aporta anotaciones, fotografías, cartas, cuentos y hasta poemas que Rodolfo Walsh (“Rudy”) le confió a “Henriette” (Enriqueta Muñiz) durante aquel año intenso en que compartieron viajes, entrevistas y largas jornadas de trabajo, que no logran disimular que por encima de todo hubo allí una historia de amor.

“Desde el principio está conmigo una muchacha que es periodista, se llama Enriqueta Muñiz, se juega entera. Es difícil hacerle justicia en unas pocas líneas. Simplemente quiero decir que si en algún lugar de este libro escribo ‘hice’, ‘fui’, ‘descubrí’, debe entenderse ‘hicimos’, ‘fuimos’, ‘descubrimos’…”, reconoce Walsh con absoluta honestidad al prologar la tercera edición de “Operación Masacre”, en 1964.

Enriqueta y Rodolfo se conocieron en la editorial Hachette de Buenos Aires, a mediado de los ’50. Rodolfo, que había entrado como traductor, ya en 1953 había publicado su primer libro de cuentos policiales, “Variaciones en rojo”. Enriqueta, que había entrado como archivista y encargada de comunicaciones, en 1956 entregaba su traducción al español de “La canción de Rolando”, un clásico de la literatura medieval francesa. Y fue justo en aquel año 1956, tiempos de la “Revolución Fusiladora”, cuando Rodolfo llegó a la editorial, desde La Plata, con la primicia de que había hallado “al hombre que mordió a un perro”, o también, en palabras que ya son leyenda, que “hay un fusilado que vive”.

Los caminos y vidas, tan diferentes, de aquel hombre y aquella mujer se cruzaron. Allí comenzó la apasionante (y peligrosa) aventura de investigar los fusilamientos clandestinos de José León Suárez, durante la represión ordenada por el general Aramburu al levantamiento del general Valle. 

Pero así como los caminos se cruzaron y como ese cruce permitió alumbrar una obra que iba a revolucionar la literatura y el periodismo argentinos, las vidas de Enriqueta Muñiz y Rodolfo Walsh comenzaron a abrirse en direcciones opuestas e irreconciliables al terminar la aventura. Enriqueta eligió la literatura y el periodismo cultural como horizonte. Rodolfo inició el conocido derrotero que lo llevaría a Cuba y a la CGT de los Argentinos primero, y a la militancia montonera después.

Enriqueta entró a la redacción de La Prensa en 1980. En ese diario centenario  fundado por José C. Paz convivían masones y liberales, siempre conservadores, con republicanos españoles en el exilio (Leandro Pita Romero y Claudio Sánches Albornoz, entre ellos), junto a demócratas militaristas (valga el oxímoron) como Manfred Schönfeld y Jesús Iglesias Rouco. 

Al fin de la última dictadura, cuando la coautora de “Operación Masacre” ya dirigía el suplemento cultural de La Prensa, publicaban en ese diario sus columnas políticas genocidas como el general Ramón Camps y el comisario Luis Patti. Todo era posible en aquella transición argentina que conducía desde la Rosada, no sin dificultades, el caudillo radical Raúl Alfonsín.

No obstante, el compromiso de silencio asumido por Enriqueta Muñiz al fin de su romance y aventura literaria con Rodolfo Walsh, se mantenía sin fisuras. Prueba de ello es que los cuadernos manuscritos con el registro de la investigación de los fusilamientos de José León Suárez seguían guardados bajo llave, tal vez esperando una publicación póstuma.

Desaparecido el autor de “Operación Masacre” en 1977 y fallecida la coautora en 2013, cualquier reconstrucción de la aventura política y literaria vivida por ambos en los años de la Revolución Libertadora, a partir del hallazgo del “fusilado que vive”, pasa a ser conjetural y mantiene un halo de duda y misterio. 

Y sin embargo, allí están los cuadernos, las notas, las cartas, las fotografías, para demostrar que hubo una bella historia de amor y de coraje que resiste al olvido.

Mención aparte merecen los textos introductorios escritos por Daniel Link y por Diego Igal que abren el volumen. Con ellos, esta “Historia de una investigación” se convierte en material obligatorio de lectura para quienes quieran abordar de un modo cautivante y distinto un pasaje de nuestra historia política reciente.

 
 
por Oscar Taffetani