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26/09/2012

Ex jefa de documentación del CELS plantea "no olvidar ni aunque se hayan muerto" 

Para una galería de genocidas: Semblanza del extinto general Ramón "Chicho" Camps

 
 
 
 
  • Memoria Verdad y Justicia - Télam
    Chicho Camps. Aunque de ultraderecha, siniestro. Sin luces y sombras: sólo penumbras y oscuridad total.
(Por Maria Cristina Caiati).-Hace pocos días, se cumplieron 36 años de la Noche de los Lápices, el raid represivo que se cobró la vida de varios adolescentes de entre 14 y 17 años, todos estudiantes comprometidos con la búsqueda de la transformación social. La fecha disparó recuerdos y convicciones; el recuerdo del principal responsable de ese episodio y la convicción de que la condena social -mucho más importante que la jurídica, por lo menos para mí- debe perseguirlo aún más allá de la muerte. Casi 18 años después de aquel 16 de setiembre de 1976, cuando se debatía la reforma constitucional para posibilitar la re-elección del entonces presidente Carlos Menem, el 20 de marzo de 1994 moría el verdugo general Ramón J. Camps, el jefe de la policía bonaerense responsable de ese raid; un cáncer de próstata lo había dejado fuera de combate, a los 67 años de edad. Para entonces, Camps -que en su época de esplendor tenía al comisario Miguel Etchecolatz como sirviente y al cura Cristian Von Wernich para su tranquilidad espiritual-, disfrutaba del indulto que Menem había dictado en diciembre de 1990 y que lo incluía junto a Jorge Videla, Emilio Massera, Ramón Agosti, Roberto Viola y Armando Lambruschini.

Cuatro años antes, la Cámara Federal lo había condenado a 25 años de reclusión, con degradación e inhabilitación absoluta perpetua tras hallarlo culpable de 214 secuestros extorsivos (47 de esas víctimas siguen desaparecidas), 120 casos de tormentos, 32 homicidios, 2 violaciones, 2 abortos provocados por torturas, 18 robos y 10 sustracciones de menores. El indulto menemista le devolvió la confianza.

Fue señor de la vida y de la muerte de todos los que tuvieron la desdicha de pasar por los numerosos campos de concentración que funcionaron en la provincia. Se desempeñó como jefe de la bonaerense desde abril de 1976 hasta diciembre de 1977, veinte meses en los que resultó difícil contabilizar las atrocidades cometidas por este nazi convencido y público; valen como ejemplo: la destrucción de la familia del entonces fiscal federal Antonio Bautista Bettini; el secuestro y asesinato de los periodistas Rafael Perrota y Edgardo Sajón; el secuestro y torturas de Jacobo Timerman; el bombardeo seguido de masacre a la casa de los padres de la nieta aún no restituida a Chicha Mariani; el secuestro y la desaparición del estudiante universitario y obrero metalúrgico Carlos Esteban Aleye, la malversación de Papel Prensa… la lista es muy larga, excede las líneas de este artículo. Cabe tener bien presente, por otra parte, que aún está vigente su influencia en la policía bonaerense.

Tuve ocasión de verlo por TV, en diciembre de 1980, cuando lo entrevistó el periodista Enrique Llamas de Madariaga quien, como buen hermano de militar, lo llamaba “mi general”; en esa oportunidad, Camps admitió haber sido responsable de 5.000 desapariciones y haber aplicado la tortura como método, pese a lo cual subrayó que su conciencia estaba “muy tranquila”. Huelga decir que el arrobamiento del anfitrión era total.

Seducido por los mimos de los medios de comunicación de la dictadura, no ocultó sus coincidencias con Adolfo Hitler y justificó las apropiaciones de niños porque la excesiva democratización del sistema familiar -dijo- no inspiraba confianza: “Era necesario impedir que esos niños fueran criados en las ideas de subversión de sus padres. Las llamadas madres de desaparecidos son todas subversivas. Lo son todos los que no se preocupan de hacer de sus hijos buenos argentinos”.

Su brutalidad era tan explícita que resultó impresentable hasta para los propios militares consustanciados con la doctrina de la seguridad nacional. Cuando Jacobo Timerman lo denunció, Camps tuvo que presentarse ante el consejo supremo de las fuerzas armadas, con el patrocinio letrado del general Osiris Villegas, un virulento antiperonista, funcionario de la Libertadora y del onganiato. Al tribunal militar no le quedó otra que disponer su prisión preventiva rigurosa.

Nunca ocultó características comunes a sus colegas y muy nítidas en él: era mentiroso, cobarde y servil con los civiles que fueron los verdaderos cerebros de la dictadura. Unos pocos ejemplos: En 1983 ante la revista la Semana, consideró legítimo el secuestro y desaparición de personas así como la necesidad de reprimir; subrayó: “Nadie murió, si es que murió, por ser español, sino por ser subversivo” y agregó “Asumo mi responsabilidad y la de los 30.000 hombres que conduje en la lucha. Y no temo sentarme en un banquillo de acusados. Estoy orgulloso de lo que hice”; cuando en enero de 1984 el juez federal de La Plata Héctor de la Serna se constituyó en Arana, en la sede del regimiento de infantería mecanizada cnel. Conde, para interrogarlo con respecto al secuestro y desaparición de Carlos Alaye, negó lo que dijo al semanario, no reconoció haber dirigido a los grupos de tareas y sostuvo la inexistencia de desaparecidos así como también la de campos de concentración bajo su mando.

Como muestra cabal de su servilismo baste señalar le nota enviada al actual miembro de la Asociación de Abogados por la Justicia y la Concordia y entonces secretario de programación económica Guillermo Walter Klein, a propósito del atentado que sufrió en setiembre de 1979, cuando era la mano derecha de “Joe” Martinez de Hoz. Interrogado por el juez Jaime Far Suau -que investigaba ese episodio-, sobre su relación con ese funcionario, Camps confirmó haber concurrido a su estudio, tras el atentado, ocasión en la que pudo comprobar “personalmente” -según dijo- la “valentía” del funcionario; lo visitó -subrayó- porque quiso interiorizarse de lo sucedido; admitió como suya una nota con la siguiente dedicatoria: “Doctor Klein, este es el primer borrador de un artículo que aparecerá en ‘La Prensa’. Ud, a quien respeto por su valor, lo pudo comprobar personalmente, le hago llegar estos papeles. Afectuosamente Camps”.

Huelga decir que, tras su desempeño como carnicero, se dedicó a escribir con verdadero ahínco. Entre otras cosas, ya en pleno periodo democrático, colaboró con cierta frecuencia en la revista ultraderechista Cabildo, y publicó un libro sobre el Caso Graiver, otra de sus “investigaciones” sobre el “peligro sionista”, y una supuesta trama financiera controlada por David Graiver.

Fue, como ya se dijo, columnista del diario La Prensa, desde cuyas páginas dio cátedra de “combate a la subversión”, lo que mostró con elocuencia los servicios que Camps, aún desde el llano, prestó a la oligarquía vernácula. Cualquiera que lea hoy esas crónicas, publicadas casi a diario entre 1979 y 1988, va a tener una noción de lo que pensaban el represor y los militares artífices del autodenominado proceso de reorganización nacional. Ellos estaban convencidos de que dirigían con mano firme a una ciudadanía que era en realidad, un rebaño de ignorantes, incapaces de pensar por sí mismos. Un pequeño ejemplo: ya en democracia, cuando se abrió el primer período preelectoral, Camps advertía desde La Prensa sobre las derivaciones que podría tener otorgarle el permiso de votar a un electorado que “carece de experiencia en los negocios públicos, de competencia política y de responsabilidad”.

¿Hace falta decir cómo suponía el verdugo el recambio de autoridades?

Lo dicho: la consigna es no olvidar, ni aunque se hayan muerto.

FUENTE: Argenpress.

 
 
 
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