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24/05/2012

Entrevista al Secretario del Plan General de Derechos Humanos 

Martín Gras: “Los efectos del genocidio todavía están en la sociedad”

 
 
 
 
  • Memoria Verdad y Justicia - Télam
    Martín Gras, Secretario General del Plan General de DDHH argentino.
Gustavo Montiel / Tiempo Argentino
La búsqueda de respuestas a las causas del golpe cívico-militar de 1976 permanece signada por los avances en Memoria, Verdad y Justicia en la esfera judicial, política, social y cultural desde el inicio de las gestiones kirchneristas hasta nuestros días. En ese contexto, el secretario general del Plan Nacional de Derechos Humanos, Martín Gras, dialogó con Tiempo Argentino sobre un concepto en plena difusión social, política y jurídica: el de genocidio reorganizador, como una forma de entender el golpe y a la dictadura más allá de la llamada Teoría de los Dos Demonios imperante sobre todo en la década del ochenta a partir del retorno de la democracia y el primer juicio a las juntas militares de la dictadura. Gras, quien depende de la Secretaría de DDHH hoy a cargo de Martín Fresneda, se referirá a una “sociedad movilizada” principalmente por la clase trabajadora, que la dictadura intentará disciplinar con desapariciones, torturas y genocidio económico. Gras es abogado, recibido en la Universidad de Tucumán. Actualmente coordina tres carreras de grado en la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) y es docente de posgrado en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Con una larga historia de militancia, sobrevivió a su secuestro en la ex ESMA en 1977 y fue testigo en 2010, en el juicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino de detención.

El funcionario considera que la reciente “confesión” del ex dictador Videla difundida en el libro Disposición final del periodista Ceferino Reato, también es un elemento importante para debatir e instalar el concepto: “Hoy estamos tratado de poner la apuesta más alta: no es una dictadura militar con cómplices civiles. Fue un golpe cívico-militar porque eso reunía al poder concentrado, y porque lo que se buscaba era transformar la sociedad. Y entonces estamos entrando en genocidio. Que es genocidio reorganizador, porque ellos mismos se llaman así. El primer caso de condena por genocidio es el caso Etchecolatz. Hemos empezado a tener algunos casos por genocidio y la Secretaría de Derechos Humanos ha empezado a querellar por genocidio. Estamos en esa etapa y por eso me pareció tan importante la confesión de Videla (NdeR: en una carta dirigida al diario La Nación, el ex dictador desmintió haberle dicho a Reato que los militares ‘debían matar entre 7000 y 8000 personas’. El autor las ratificó). Genocidio no es que mataron mucha gente. No: mataron mucha gente para transformar la sociedad. Y la transformación de esa sociedad tiene causas que se explican hacia atrás, y efectos que hoy todavía están instalados”, enfatiza.

–¿Qué significó, en el contexto de la “confesión “ de Videla, el golpe del ’76?

–El esfuerzo de ese golpe es un intento de hacer volver hacia atrás las agujas del reloj del tiempo histórico argentino. Las raíces del golpe están mucho más atrás que los ’70 e incluso los ’60: hay que buscarlas en la irrupción del peronismo como clase obrera y de los sectores populares en la política, en políticas públicas y en relación al Estado argentino a partir de finales de los ’40 y comienzos de los ’50. Realmente el parteaguas donde la oligarquía usa la violencia más extrema para comenzar un proceso de disciplinamiento es el bombardeo del 16 de junio de 1955. Hay una frase que suelo utilizar mucho, es de una persona insospechada de ser peronista, me refiero al ingeniero Álvaro Alsogaray. Y dice: “En el ’55, nosotros creíamos que la culpa la tenía Perón. Por eso íbamos detrás de él. En el ’76 ya teníamos totalmente claro que el problema era la clase obrera.” El sistema encontró un Videla, encontró varios Videla, llevó adelante un genocidio reorganizacional y sus efectos todavía están instalados en esta sociedad y contra ellos tenemos que luchar día a día. Y seguimos luchando.

–Y también hay un genocidio económico…

–Existe un elemento económico, que es la participación porcentual del asalariado en el Producto Bruto Interno. A finales del segundo gobierno peronista, años ’54 y ’55, esa participación de los trabajadores está en torno al 50 por ciento. En 1973, con todas las idas y vueltas de esos 18 años, se ha llegado a recomponer casi al 47 por ciento. Cuando termina el golpe militar en 1983, esa participación de los asalariados está por debajo del 25 por ciento. Si algo tuviera que explicar más allá de la política, el golpe contrarrevolucionario del ’76, es hacer pasar la participación de los trabajadores, de los asalariados, en el PBI del 47% al 27 por ciento. Esa detracción del 20% está jalonada con sangre.

–¿Cómo evolucionaron la formas teóricas y políticas de entender el golpe desde la recuperación de la democracia?

–Primero hubo una especie de etapa descriptiva, de alguna forma la CONADEP tuvo mucho que ver, en paralelo hay una etapa donde uno trata de entender qué pasó y quién lo hizo, y surgen dos ideas: la del desaparecido –en ese momento hay una convención internacional sobre desaparecidos, y el delito de desaparición forzada aparece como un delito de entidad propia, que no es secuestro seguido de muerte. Es un delito que tiene otro objetivo. Y entonces aparece la figura del desaparecido, que es algo así como el gran aporte argentino. Y por el otro lado aparece la idea del Estado terrorista, que la desarrolla Eduardo (Luis Duhalde, ex secretario de Derechos Humanos). Después viene la CONADEP, que describe lo que pasó, y entonces empieza el gran debate de tratar de entender por qué pasó. Y ahí viene donde la cosa se cosifica y se cierra con la Teoría de los Dos Demonios y el ocultamiento de la política. A partir de la reiniciación de los juicios se empieza a discutir de nuevo y se empieza hablar del delito de lesa humanidad.

–¿Y en qué etapa se encuentra?

–El delito de lesa humanidad tiene una particularidad: todavía está pensando en individualidades. Tratando de simplificar, en algún punto tiene una cosa de “vis a vis”, de criminal-víctima. Todavía tiene un punto de individualidad. En el delito de genocidio el método es sobre grandes grupos, pero la finalidad es la transformación social. Entonces, hay una cosa más colectiva en genocidio y más individual en lesa humanidad. De cualquier manera, en lesa humanidad hay una aproximación que permite incluirlo en sistemas que son imprescriptibles. Y empieza a discutirse la figura del cómplice civil, y a hablarse de dictadura cívico-militar, que es el nivel donde hoy estamos. En estos momentos, ya todo el mundo ha empezado a aceptar como natural que aquí hubo una dictadura cívico-militar. Hoy estamos tratado de poner la apuesta más alta: no es una dictadura militar con cómplices civiles. Fue un golpe cívico-militar porque eso concentraba el poder concentrado, y porque lo que se buscaba era transformar la sociedad. Y entonces estamos entrando en genocidio. Que es genocidio reorganizador, porque ellos mismos se llaman así.

–¿Cómo conoció a Eduardo Luis Duhalde?

–Lo conocí hace 41 años y ocho meses. Yo había sido detenido en Rosario, torturado por el Segundo Cuerpo de Inteligencia del Ejército. Acababa de comenzar a funcionar la jurisdicción de una Cámara Federal Especial Antisubversiva, que en la jerga de la época se llamaba “El Camarón”. Mis compañeros y yo, detenidos en ese momento, fuimos el segundo caso de la Sala I de El Camarón, a cargo de los doctores (Ernesto) Ure, (Carlos María) Malbrán y (Juan Carlos) Díaz Reynolds. Yo estaba con las ropas destrozadas, muy golpeado, bañado en sangre. Me llevan a la oficina del jefe de Policía, está sentado el doctor Ure y se presenta. Entonces le digo: “Ah, usted es juez, entonces le voy a denunciar torturas.” El doctor Ure me dice “No, no, no. Yo no vengo a eso. Vengo a hacer su sumario porque doctor, comprenda: el suyo es el delito de los vencidos.” Esto fue en agosto de 1971, durante la dictadura del general Alejandro Agustín Lanusse. Me trasladan de Rosario a Villa Devoto. Llego a Villa Devoto y me dicen: “lo llaman sus abogados”. Se presentan cuatro personas: Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde, Mario Hernández y Roberto Sinigaglia. Ellos fueron mis cuatro abogados desde 1971 hasta 1973, cuando salí con la amnistía del 25 de mayo. Pocas veces me he divertido tanto y he tenido discusiones sobre historia y política tan atractivas y tan amenas, que uno se olvidaba dónde estaba, como las que teníamos en la sala de abogados con ellos. A Rodolfo lo mata la Triple A, a Mario y Roberto los matan el día del golpe. Eduardo consigue sobrevivir, y se vuelve una de las voces clave en el “yo acuso” colectivo al proceso genocida.

–¿Cómo lo define?

–Eduardo es una persona sin la cual nosotros no podemos explicar la historia de la historia. Eduardo con Rodolfo discutieron el tema de que los pobres y las clases populares tienen historia. Hay una especie de versión donde Eduardo es un abogado de Derechos Humanos. Era un abogado de Derechos Humanos, pero eso no rinde cuentas de la totalidad de la persona. Eduardo era un militante con su intelecto, con su título de abogado y también con su accionar político. Lo que asombra de Eduardo es esa coherencia entre la militancia política, la producción intelectual y el riesgo y compromiso de vida permanente. Eduardo decía permanentemente que pertenecía a una generación que en medio de todo había sido casi bendecida por el destino. Porque muy pocas veces una generación tiene una segunda oportunidad. Me decía: “En el período de nuestra vida tenemos una segunda oportunidad de hacer las cosas por las cuales luchamos y creemos.” Ese es el Eduardo al cual (Néstor) Kirchner le ofrece la secretaría (de Derechos Humanos). La gestión Kirchner es un intento de volver a poner en hora ese reloj que fue brutalmente atrasado durante el genocidio reorganizador.



 
 
 
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