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17/10/2012

El testimonio de Rogelio García Lupo y dos costumbres inveteradas de Vergéz: 

Extorsionar a las familias y vender las confesiones que habían sido arrancadas bajo tortura

 
 
 
 
  • Memoria Verdad y Justicia - Télam
    Pajarito Garcia Lupo. Un coleccionista de historias fascinantes
(Por Juan Salinas).-Durante la dictadura, la patota de la Inteligencia del Ejército liderada por el capitán Héctor Pedro Vergéz se acostumbró a desplumar a las familias de las personas que secuestraba agitando falsas promesas de libertad. Y una vez recuperada la democracia, a vender al mejor postor los interrogatorios hechos bajo tortura a aquellos desaparecidos para siempre. Ambos características infames e infamantes, surgieron de lo declarado ayer por un veterano, gran periodista, Rogelio "Pajarito" García Lupo (que entre otras muchas cosas fue cofundador de la agencia cubana Prensa Latina junto a otros dos periodistas argentinos, Ricardo Masetti y Rodolfo Walsh) en el juicio oral y público que se le hace a Vergéz por algunos de sus delitos de lesa humanidad, los cometidos en dominios del Primer Cuerpo de Ejército.

Antes del golpe de marzo de 1976, en Córdoba, Vergéz fue uno de los cabecillas del "Comando Libertadores de América" versión mediterránea de la Triple A que dependía directamente del Tercer Cuerpo de Ejército, es decir, del general Luciano Benjamín Menéndez. Tras el golpe, acaso desde antes, Vergez, apodado “Gastón” o “Vargas”, fue uno de jefes operativos del centro clandestino de detención y exterminio conocido como La Perla, el más importante de la provincia de Córdoba y uno de los más importantes del país, junto a los de Campo de Mayo y a la ESMA.

Vergéz obtuvo un éxito resonante cuando en mayo de 1977 secuestró en Lanús al entrerriano Javier Ramón Coccoz, “el teniente Pancho”, de 27 años, que en medio de la debacle del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) se desempeñaba interinamente como su jefe de Inteligencia. Después secuestró a la mujer de Coccoz, Cristina Zamponi, y al pequeño hijo de ambos.

Ya fuera porque lo doblegó a base de torturas o porque Coccoz (al que testigos dijeron haber visto en el Batallón 601 de Comunicaciones de City Bell) negoció las vidas de su mujer y de su hijo o por ambos motivos a la vez, a partir de entonces Vergéz se instaló en la casa de “Pancho” ocupando su lugar junto a Cristina, su madre y su hijo. Al acecho de que cayeran por allí otros militantes del ERP. Y cuando esa trampera fue desactivada, puso a Cristina y el niño en un avión rumbo a Europa.   

Mientras tanto, y al parecer gracias a datos proporcionados por Coccoz, fue secuestrado en junio de 1977 el director del diario “El Cronista”, Rafael Perrota. Seguidamente cayó en sus manos un alto funcionario del Ministerio de Economía nacido en Lugo, Galicia, Julio Casariego del Bel. Por fin, en julio fue secuestrado Julio Gallego Soto, un contador nacido en Castilla La Vieja que había sido el nexo entre Juan Perón y la revolución cubana en las personas de Fidel y el Che, tal como narró García Lupo primero en una extensa nota publicada originalmente en Clarín, y luego en su libro Últimas noticias de Perón y su tiempo.

Ninguno de los tres –Perrota, Casariego del Bel, Gallego Soto– volvería a aparecer con vida. A los tres se los acusó (es un decir, ya que no hubo proceso judicial ni ejecución de condena) de estar vinculados al ERP, pero no hay evidencias de que alguno de ellos haya sido combatiente de dicho proto-ejército, para entonces completamente desarticulado. Perrota era un liberal nacido en cuna de oro, Casariego del Bel, un hombre de orden, de talante conservador, y Gallego Soto, era peronista. De izquierda, pero peronista.

Si las acusaciones de colaborar con el ERP fueron sorprendentes para muchos amigos y familiares de los tres, quizá lo fueron todavía más en el caso de Casariego del Bel, que reportaba directamente al secretario de Programación y Coordinación Económica de la dictadura, Guillermo Walter Klein, mano derecha del ministro José Alfredo Martínez de Hoz.

Casariego del Bel había hecho objeciones a la altísima tasación de la Compañía Ítalo-Argentina de Electricidad, de cuyo directorio helvético Martínez de Hoz había formado parte y que ahora se disponía estatizar.

Sobre Perrota, María Seoane escribió El enigma Perrota; a Gallego Soto, ya lo dijimos, García Lupo le dedicó uno de los mejores capítulos de Últimas noticias de Perón y su tiempo, y es muy posible que Jorge Devincenzi esté escribiendo algo más sobre Casariego del Bel.

En todo caso, parte del enigma que rodea su desaparición quizá pueda despejarse el viernes, cuando dé su testimonio la esposa del infortunado funcionario, Alicia de Gainza.

En cuanto a que Vergéz traficaba con información obtenida bajo tortura, me consta personalmente.

En 1990 el diario Nuevo Sur publicó en tapa una nota mía en la que se denunciaba que había encontrado cobijo en la Secretaría de Energía bajo el ala de su titular, Julio César “Chiche” Aráoz.

Tras verla, el autor de “Yo fui Vargas” enfiló para la redacción del diario, en la calle Bartolomé Mitre 760. El director, Eduardo Luis Duhalde, me ordenó recibirlo. No quise hacerlo en el diario, por lo que fui a la recepción y le pedí que fuera al bar de la esquina y me esperara un par de minutos. Y cuando llegué al bar, tan pronto me senté le dije que como condición para cualquier conversación quería que me trajese mi “ficha” de la Inteligencia del Ejército.

Volvimos a vernos en el mismo lugar 48 horas después y, efectivamente, me trajo mi ficha con el membrete de una agencia de seguridad privada. Acorde con los tiempos que se vivían –inicio del menemato– la información recopilada por el Batallón 601 de inteligencia del Ejército de la calle Viamonte y Callao (rebautizado como Central de Reunión de Información del Ejército, CRIE) se había privatizado.

La información correspondiente a la época de la dictadura era perfecta. Constaban todos mis apodos y también en qué organizaciones políticas había estado y otros datos obviamente provenientes de detenidos-desaparecidos. Pero la correspondiente al lustro largo de democracia era de bajísima calidad. Decía macanas variadas y entre ellas que yo y la entonces jovencita Nancy Pazos viajábamos seguido a La Habana y formábamos parte de una célula de espías del G-2 cubano cuyo jefe era… Rogelio García Lupo.

Baste decir que –desgraciadamente- nunca estuve en Cuba.

Por lo visto, sin poder aplicar 220 voltios a personas inermes hay “inteligencias” que se apagan.

...............

Más información sobre la declaración de Rogelio García Lupo acá.

Y más información sobre el caso aquí.

 
 
 
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